Educar en la postmodernidad

La postmodernidad ha permitido que se materialice un sujeto esquizoide, fracturado y fragmentado, desconfiado ante todo proyecto que se presente como la respuesta a la totalidad de la existencia.

Realmente hay una tendencia desde el postmodernismo a materializar un sujeto esquizoide, fracturado y fragmentado y, así, lo que queda es un sujeto humano destruido, fragmentado, impotente para ser hombre, desconfiado ante todo proyecto que se presente como la respuesta a la totalidad de la existencia. Para éste, la felicidad está en la satisfacción inmediata de la “necesidades” fisiológicas y psicológicas, que encuentra sobre todo en los aspectos banales de la vida.

Esto explica por qué una característica bien prominente de la postmodernidad es la crisis del humanismo. Esta es, entre otras cosas, la disolución del sujeto, pues éste queda reducido a la pura exposición y transparencia ante un mundo que él atraviesa sin obstáculos, rendido ante la creencia de su propia debilidad, convertido en un centro de distribución para todas las redes de influencia.

La superación de esta crisis del humanismo, de esta tendencia hacia la irracionalidad es la apuesta por la persona, rescatar la esencia del ser personal que funda al ser humano para luego orientar su desarrollo y el de sus comunidades por una nueva senda. La educación, con el carácter perfectivo y optimizante con que puede entenderse cuando la persona se adhiere a unos valores que la hacen ser, es la herramienta capaz de orientar a la misma.

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