Los alumnos están aturdidos

Hay nuevas alarmas en el mundo educativo. Una de ellas es el grado de aturdimiento con el que los alumnos egresados llegan a la Universidad o salen de ella al difícil mundo del mercado laboral, al mundo de la vida real.

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¿Qué es el aturdimiento del alumnado? Familia y académicos por doquier comentan el tema en sus círculos respectivos, les interesa como padres y madres, también como profesores, porque entienden que un cierto grado de inmadurez ha hecho mella en muchos jóvenes de forma que les impide afrontar con seguridad, claridad y rigor la nueva etapa.

El aturdimiento juvenil es inmadurez porque manifiesta falta de sentido, un horizonte difuso sobre las cuestiones importantes de la vida, una mirada perdida y débil para lo esencial de la existencia. En lo puramente psicológico estamos ante un ser inacabado, aún niño, desganado y desilusionado ante la creencia naciente en sí mismo de que la vida es decepcionante, porque piensa que en el momento que le toca vivir no existen oportunidades, el futuro es incierto y la existencia, probablemente junto con todo lo que emprenda, un cul-de-sac.

¿Por qué el aturdimiento? En 1959 Aldous Huxley, alguien a quién he leído con ganas desde hace años, impartió una serie de conferencias en la Universidad de California; en una de ellas llega a afirmar:

“Actualmente enseñamos a nuestros hijos a obtener un conocimiento práctico de las cosas, les enseñamos a abrir los ojos y a comportarse, en lo posible, como seres humanos civilizados. Pero no adiestramos la mente-cuerpo en su tarea de vivir y de aprender. Le damos conocimientos y mandatos morales, pero no la adiestramos de tal manera que pueda aplicar esos mandatos morales. Esa es una de las fallas graves de nuestros sistemas éticos y educativos”.

La aplicación de estos mandatos morales y estos conocimientos, de los que el sistema educativo está inflado, llega a ser consecuente sólo si los alumnos viven intensas experiencias educativas, experiencias cargadas de valor que dejan huella y que son extraordinariamente capaces de transformar la persona de cada uno de nosotros. Pero hay serias dudas sobre si esto está siendo así.

Ocurre, además, que el horizonte vital hoy solicita nuevas experiencias desarrolladas en los centros educativos, cosa que o no está teniendo lugar o acontece de forma tímida solo en algunos lugares.

La madurez del ser humano es consecuencia de acontecimientos que dejan huella y son maestro interior, un sistema educativo pasivo volcado en teorías adoptadas pero no en uso, difícilmente podrá contribuir en conformar la persona que este siglo que avanza demanda cada vez más fuertemente.

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