La educación en un mundo globalizado

La expresión del título con el que abrimos estas palabras pretende constatar una realidad, acaso aceptada por muchos, por otros rechazada combativamente. Escuchar todo el día la misma canción, aquella que dice que el mundo está globalizado, debería llevarnos a pensar si es que irremediablemente nos abocamos a ella, cada día un poco más, a preguntarnos si la globalización es buena o mala.

Parto de una idea. Fue Emmanuel Mounier quien dijo que lo bueno de lo malo en muchas ocasiones no se diferencia más que por el espesor de un cabello. Esto es algo que comprobamos en nuestra vida día a día. Mientras, es bueno anotar que el debate actual sobre la naturaleza y alcances de la globalización no es nada nuevo. Se refiere al mismo problema histórico: cómo resuelve cada país el dilema de su desarrollo en un mundo global para no quedar atrapado en el sistema de relaciones articulado, en su beneficio, por los intereses y potencias dominantes.

La sutileza de la trampa parece garantizada: la posibilidad, el margen de maniobra, la capacidad de autonomía parecen evidentes, pero hay, sin embargo, que determinar nada menos si dentro del orden global contemporáneo, los países más rezagados cuentan o no con suficiente libertad para la elección del propio destino, es decir, para diseñar y ejecutar proyectos nacionales viables de desarrollo que los conviertan en participantes activos no subordinados de la globalización.

En esta guisa, la globalización, que ha supuesto globalizar fundamentalmente el tener y no el ser, impone un lenguaje y una forma, una rima pero también un contenido en el verso. No son pocos los países que condicionan su desarrollo global a los designios de grupos de poder muy poderosos.

Pongamos un ejemplo. En la mayoría de los países de América Latina los programas de modernización educativa, que llevan aparejados programas de inversión importantes en educación básica, media, superior, etc., intentan de fondo desarrollar al individuo en sus capacidades y potencialidades como persona integral y como ciudadano activo, responsable y solidario; esto reza en todos los programas de una u otra forma.

A nadie se le escapa, sin embargo, que el argumento de la necesidad de aumentar la inversión educativa se fundamenta en el hecho de que sin una educación actualizada no puede haber desarrollo de un país ni competitividad ante las condiciones impuestas por los grandes tratados comerciales transnacionales. Pero la realidad, que siempre se nos impone, nos pone por delante lo siguiente: deslocalizaciones de empresas que buscan lugares de mano de obra más barata, aumento poco significativo del empleo, y si es de calidad, menos todavía, para la mayoría de la población, afianzamiento de las asimetrías respecto de los países grandes y poderosos de la zona, etc. ¿Qué se busca, entonces, legitimar?

La norma parece clara: esto siempre a cambio de lo otro; así, la globalización es un hecho, la libertad un maltrecho, parece que estamos condicionados por el derecho.

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