Las escuelas no son islas

Toda escuela, por definición, es una institución al servicio del bien común, abierta a la comunidad en la que se inserta y le da vida. Las escuelas no son islas.

Miguel de Unamuno, espléndido pensador universal, decía de la Universidad que era el templo del saber, y no es para menos, pues es o, al menos, debería serlo. Igual pasa con la escuela, sólo que a otra escala. Lo que tiene que ver con el conocimiento, con la formación, con los valores, con la búsqueda de la verdad, encuentra en la escuela igualmente su sentido; allí se encuentran niños y niñas en el marco de la relación educativa y de una intención formal y reglada de “hacer el bien” al educando (intentio benevolentiae, según von Hildebrand).

Pero la escuela, toda escuela, no es una isla, no es una institución aislada. La escuela es un organismo vivo, claro, tiene vida porque se dan cita en ella alumnos y profesores, padres y otras personas. Esta vida se alimenta continuamente por sus poros desde la comunidad; y toda comunidad tiene necesidades, problemas, riquezas, personalidad propia. Es esa personalidad auténticamente la que le da vida y sentido a la escuela, cayendo en la cuenta de que debería ser así mismo también al contrario.

Decimos esto porque es común encontrar escuelas encerradas en sí mismas, profesores aislados, docentes que no conectan con la realidad que circunda a la escuela. Este es un mal de la escuela y como tal hay que cambiarlo, para dar verdadero sentido a lo que acontece en la misma. La escuela no sirve para la vida, debe ser la vida misma.

Es lo cierto que para que esto sea una realidad, la escuela, como organismo vivo, debe cambiar algunas actitudes, debe desarrollar algunas estrategias, debe tener capacidad innovadora, debe investigar y, todo esto, evidentemente, sobre su entorno y gracias al mismo.

Como ocurre en muchas escuelas a lo largo y ancho del mundo, existen múltiples maneras de abrir la escuela a la comunidad. Son profesores y familias los que desde el cambio actitudinal, asumiendo lo que la ética de la educación les propone, hacen posible desde una nueva sensibilidad que niños y niñas en edad escolar gocen de sus mejores experiencias educativas. Este es el carácter optimizante de la educación, siempre respetuoso con lo que en conciencia las familias quieren para sus hijos, valor que hay que respetar pues nace del derecho más natural que los padres poseen.

Pero, no estaríamos toda la vida recordando lo mismo si no hubiera una y otra vez quienes quieren usurpar el derecho natural de los padres a educar a sus hijos, en libertad y en conciencia. Por eso muchos educadores no nos cansamos de repetirlo, es una obligación: son los padres quienes tienen la primera vocación educadora, es la escuela la que ayuda a familias a hacer realidad un proyecto de vida para estos hijos y alumnos, de manera subsidiaria si se quiere, para que gocen de la plenitud de ser ciudadanos de valor en el mañana, hombres y mujeres de verdad.

 

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