¿Son necesarias las reformas educativas?

Estamos ante una pregunta cada vez más crucial. Cada día más actores intervinientes en la cosa educativa poseen conocimientos sobre lo que afecta a hijos y alumnos, en su grado de receptores y protagonistas; tienen conocimiento, cada vez más acertado, de lo que es una reforma educativa y para qué sirve; no sólo tienen conocimiento, también tienen el derecho de ese conocimiento.

Pero, ¿son necesarias esas reformas educativas? Madres, padres y otros agentes protagonistas se involucran de una manera cada día más vital en esta trascendental cuestión, por razones obvias, con nueva actualidad: están preocupados por sus hijos y ciudadanos, pretenden un mejor futuro, saben el papel que juega la educación en la elucidación de este futuro, quieren comprometerse con ello, quieren ser actores activos y tienen derecho a ello.

Acceder a la información, la alfabetización general, la sociedad abierta, el protagonismo ciudadano están detrás de esta nueva realidad, y los gobiernos lo saben. No es lógico que un gobierno, el que sea, gobierne de espaldas a su pueblo. Me dirán que ocurre, pero también es cierto que ahora hay más posibilidades de frenar esas actitudes, antaño desmedidas, en un diseño social desde arriba porque se “trabajaba” para el pueblo pero sin el pueblo.

Ahora, la prensa, la radio, la televisión, la universidad, la escuela, un sermón, todo junto o por separado, posee un grado pedagogizante de gran valor, o puede ser estimado como un antídoto. Una gran sociedad abierta tiene derecho al conocimiento, le afecta y, por tanto, quiere conocer. Así mismo, ¿son necesarias las reformas educativas?

Reformar la educación, de una manera total o parcial, supone ir poniendo las bases de un nuevo modelo de sociedad, apostar por un determinado modelo de hombre. Esto no es nuevo, se ha ido haciendo durante siglos. Pero, ¿hay que cambiar la sociedad?

Lo social, el hombre, es algo dinámico, que permanece en movimiento porque ésa es precisamente una de las propiedades de todo organismo vivo. Transformar, mejorar es totalmente necesario porque, además, el ser humano es perfectible por un lado, y porque constatamos cuántas cosas nos quedan por mejorar, por el otro.

La educación, como obra humana, no está a salvo de este argumento. La educación debe ser mejorada, porque es perfectible y porque, nuevamente, constatamos cuántas cosas no van bien en ella. Las dudas surgen cuando nos preguntamos: ¿qué cambiar en la educación?, ¿hasta dónde?, ¿quién cambia o manda cambiar?

Por definición, hay que cambiar todo aquello que no funciona bien, o todo aquello que queramos mejorar, o introducir todo aquello nuevo en algo que funciona relativamente bien con ánimo de innovar para optimizar, etc. En esto tenemos un particular problema: la educación en cada familia la cambia y mejora de puertas para adentro la familia, algo legal y legítimo; sin embargo, la educación escolar ¿quién la cambia? Para ello están los gobiernos y las instituciones escolares, algo también legal y legítimo.

Se ha dicho, en ámbitos internacionales, que es necesario un gran pacto en educación; en concreto, un gran pacto sobre cuestiones bien determinadas, como éstas: ¿es mejor la promoción automática o repetir curso?, ¿la educación escolar debe instruir o socializar?, ¿los profesores deben asumir nuevos roles en lugar de las familias?, ¿cuál es el papel de cada uno? No hay que pensar demasiado: cualquiera de estas cosas no afectan de la misma manera.

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