La escuela en el blanco de la diana política

Considerar a la escuela como un organismo vivo, como una organización, debería conducir a reflexionar y explicitar sus fines, concretar estos fines en unos objetivos y elaborar planes de trabajo a corto, medio y largo plazo. Toda anarquía que deje sin horizonte, sin objetivos, sin planes de acción a una escuela va siempre a perjudicar a la misma.

La escuela, por su importancia, ha estado siempre en el blanco de la diana política, como objetivo de sus flechas, algunas de ellas envenenadas, punto de acierto o voluntario traspié de reformas que la han hecho oscilar entre la máxima independencia y la mínima autonomía.

Una simple lectura de lo que vemos cada día pone de manifiesto lo siguiente: si entendemos bien al ser humano, comprenderemos bien todas sus instituciones. Por el contrario, si borramos para no entender, si desdibujamos para confundir el ser más personal del hombre, entonces habrá muchas dificultades para comprender sus instituciones, en especial la escuela.

No me cabe duda de que estamos ante una crisis en la escuela hoy. Estos son algunos de sus síntomas:

  • – Reformas que dejan sin autoridad a los profesores;
  • – La promoción automática, es decir, rebajar la importancia de la repitencia justificada hasta casi el ridículo haciendo que el alumnado pase de curso “sin merecerlo”, enviando un mensaje claro al mismo: “el esfuerzo no es un valor que tiene en cuenta la escuela de hoy, hagas lo que hagas puedes pasar de curso”;
  • – Quitar a los padres la posibilidad de educar a sus hijos en escuelas estatales o de iniciativa privada según sus principios y convicciones más profundas, las cuales son atacadas por varios enfoques reformistas.
  • – Sin quitar el valor tan importante que tienen, la dependencia casi enfermiza de la escuela en los materiales curriculares únicamente provenidos de las editoriales, cuyo modelo empresarial hace de la escuela fundamentalmente un negocio “bestial” a toda costa antes que cualquier otra cosa (sobre esto publicaré un artículo).

Todo esto pone de manifiesto la crisis de una institución cuya autonomía, planes y acciones se separan cada día un poco más del verdadero significado del ser humano, su realidad histórica y sus posibilidades futuras.

Hay que entender que todo proyecto educativo es una realidad dinámica, sin acabar; tiene que ver con un proceso global y en permanente construcción. La organización de la vida de las aulas, expresión de la libertad más profunda y de la necesidad más perentoria, necesita de la participación de toda la comunidad educativa y, de una manera especial, de padres y madres, pues ellos son los que aportan un verdadero sentido, significado y relevancia a la tarea educadora. Se proyecta desde la autonomía y ésta requiere compromiso, participación y responsabilidad, cosa de la que no puede claudicarse, ni puede ser mutilada por parte de las administraciones públicas.

Lógico es pensar que también padres y madres se ven mejorados por el proceso formativo de sus hijos; pero una cosa es ésta y la otra que la escuela niegue sus deseos e iniciativas, es decir, cómo quieren educar a sus hijos, en una suerte de “violencia” contra los principios y valores de estos padres. Estos principios deberían ser por nuestras instituciones, especialmente, por la escuela. De lo contrario, las reformas serán más perniciosas que positivas.

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