La Universidad en crisis

Desde mediados de los cincuenta, allá en el siglo pasado, nos preguntamos, siendo muchos los que sin embargo afirman, si las universidades están en crisis. Opiniones convergentes que circulan al unísono como éstas no están, ni mucho menos, desvinculadas de una “idea universitaria” (J. H. Newman), cada cual la suya. La entrada en crisis de las mismas aparece en el mismo espacio escénico que las crisis sufridas por la universidad desde el siglo XVIII hasta nuestros días. En este tiempo la universidad sigue su desarrollo no sin la pesada carga de tres períodos críticos de transición, en ellos aparece la evolución de la modernidad, su entrada en crisis y la época postmoderna, así, cabe explicar muchas de las situaciones a las que hemos llegado hoy.


La crisis y el renacimiento de la idea de universidad a finales del siglo XVIII y principios del XIX se presenta como el inicio de esta transformación. Probablemente lo que distinguió a las viejas universidades de finales del siglo XVIII con respecto a las nuevas universidades del XIX, no fueron sus valoraciones diferentes de la propia erudición. En 1835, en ciertas universidades europeas buena parte del saber profesoral se había estrechado en canales disciplinares orientados hacia la investigación, el descubrimiento y la especialización (ver The modern classic of the reform university).

Una determinada crisis se avecina en un segundo período. Con ella, el surgimiento de la universidad moderna orientada hacia la investigación a finales del siglo XIX en el Estado-nación moderno, hace que las universidades se conviertan en las instituciones clave tanto para la producción del conocimiento, como para el fortalecimiento de un sentido de identidad nacional y cultural.

Hall principal para el estudio en el Jacob-und-Wilhelm-Grimm-Zentrum, la nueva Biblioteca Central de la Humboldt University (Berlín).

Hogaño, este periodo de nueva valoración, expansión y fragmentación, derivado de las experiencias de una euforia planificadora que no ha tenido precisamente mucho éxito, y de las corrientes de la demanda, en rápido crecimiento, y a menudo también del apoyo del gobierno, la industria y el conjunto del sistema educativo, hacen del actual un tiempo de revisión y un espacio para la aparición de nuevas constelaciones en su rumbo, a una nueva escala mundial (véase Bautista Vallejo, J.M. (2003): La construcción del Espacio Europeo de Educación Superior: entre el reto y la resistencia, documento en pdf).

Sin embargo, superados los dos periodos y buceando en el tercero, la universidad, que se está convirtiendo en una alta escuela de oficios, y esto no es bueno si se da en exclusiva, no puede por menos de apostar también por sus otros elementos esenciales como son la alta cultura y el desarrollo de la investigación científica, aparentemente proscritos, porque parece importar sólo la rápida adaptación a la demanda externa y, por ello la obsesión por la profesión. Pero, no lo olvidemos, la sola adaptación sumirá nuevamente a la universidad en una creciente instrumentalización que sólo conducirá a la manipulación de poderes en su mayoría espurios: el peligro que yace es que finalmente se acabe en la instrumentalización del sujeto y, por tanto, en la negación misma del hombre. Negar así es perder el sentido de las cosas; hay que recordar que en la España de Fernando VII, para poder mantener su gobierno absolutista, éste cerraba universidades mientras que abría, en cambio, Escuelas de Tauromaquia. En esta época de presunto postcapitalismo ésta debería ser una lección aprendida.

Es necesario volver a tenerlo en cuenta, la universidad declina cuando traiciona sus tres características constitutivas: la universalidad, la autonomía y el conocimiento y cae en la provincialización, en la instrumentalización y en la politización.

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