Suprimir la escuela

Todavía hoy tenemos que pensar, continuamente, en el valor que tienen la educación y la escuela. Hacerlo es un importante ejercicio práctico que, no obstante, necesita una explicación.

No cabe duda que a fuerza de tener algo al alcance de la mano consideremos su existencia con una pasmosa naturalidad. Si de la escuela se trata, por ejemplo, podemos llegar a la conclusión de que existe y existirá siempre, tal vez como la conocemos, y que no cambiará, y que siempre mejorará, es decir, la escuela de hoy la tendremos para mucho tiempo y ni las leyes ni el ministro de turno podrán contra ella.

Este es un pensamiento ingenuo, propio de la biología más que de la psicología, costumbre de gentes que no perciben la realidad como cambiante y que no se dan cuenta de que la escuela que conocemos puede estar en peligro de extinción como una especie más.

Estos peligros tienen su historia. El debate acerca de la supresión de las escuelas, con autores como Goodman, Reimer o Illich, y versiones de la escuela antiautoritaria de manos de Alexander Neill, fundador de la Escuela Summerhill, ha demostrado la esterilidad y hasta provocación para la condición humana de retos pedagógicos que no pasaban precisamente por comprender correctamente al ser humano.

Una muestra la tenemos en la interpretación que algunos hacen de los textos de León Tolstoi. Éste dice que el niño tiene siempre derecho de no ir a la escuela y que, en caso de ir, tiene el derecho de no obedecer al maestro. Sigue diciendo: lo mejor para los alumnos es que se arreglen entre ellos como les parezca más convenientemente. Sus argumentos nos muestran que no hay un código de verdades establecidas para siempre y la espontaneidad del niño conducirá al pleno desarrollo de éste.

Esta posición es clara, ¿qué necesidad tenemos de explicarla más claramente? Quiero recordar ahora una de las perlas de Illich cuando entiende que la salvación de la humanidad provendrá de la destrucción de la escuela, pues ésta constituye un mito, un absurdo, una aberración, pues no enseña nada, no crea nada, se limita a reproducir.

Hoy no tengo palabras para calificar este irracional argumento que algunos han mantenido como si de algo lógico se tratara.

Intentos de supresión de la escuela y la educación siempre los ha habido. Los ejemplos de más arriba son patentes y sonados. Hoy también se dan, pero a diferencia de éstos son más sutiles, menos perceptibles, más sibilinos, cuelan mejor y la destruyen poco a poco, desde dentro. Claro, la escuela y su educación, una vez destruidas podrían pasar a una agenda de supresión en el futuro, porque una cosa que no funciona ¿por qué mantenerla?

Hay quien dirá que todo esto no ocurrirá jamás, y que en el peor de los casos está lejos, así todos más tranquilos. Pero no olvidemos que determinados movimientos legislativos están impactando muy profundamente en muchos países, haciendo al final de la situación algo insostenible. En un mundo globalizado todos estos fenómenos no se presentan de forma aislada, si en educación se odia a la memoria, si el esfuerzo se infravalora, si se descafeínan las matemáticas, el efecto se multiplica por doquier impactando de forma letal sobre nuestros educandos.

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