Padres y madres educadores en tiempos difíciles

La rapidez y la mutación constante de la vida, la veloz cultura de la imagen, más pasajera si cabe que la moda que nunca arraiga, los discursos fatigables, la existencia sumergida en la fútil banalidad y en la mediocridad desmedida. Este parece ser el entorno de nuestra existencia.

Corren tiempos en los que las prisas nos llevan a no considerar el significado de las palabras, incluso hay quién piensa que éstas no tienen importancia. Sin embargo, lo característico del ser humano es la capacidad de pensar y de transmitir lo pensado: palabras y conceptos son muy importantes.

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Palabras como educar no significan lo mismo para todos. Cuando se habla de educación unos entienden adquirir conocimientos, otros lo confunden con las buenas maneras. Sin embargo esto, a lo largo del tiempo se ha revelado con suficiente claridad que educar significa ayudar a crecer como personas y por eso la educación debe ser “integral”, cosa que resulta redundante, pues la educación o es integral o no es.

A nadie se le oculta hoy la relación de la educación con la sociedad. Todos los países saben que la educación es la clave de su desarrollo o del sostenimiento o permanencia de ese desarrollo. Pero tanto el desarrollo como su sostenimiento serán realmente eficaces si la educación no está solamente centrada en el conocimiento, que es imprescindible para el ser humano, pero no lo más definitivo para el crecimiento de la humanidad, sino una educación centrada en la persona.

La educación tiene mucho más que ver con la adquisición de virtudes humanas y su vivencia que con adquirir conocimientos. Corresponde a los padres la transmisión de esos valores y virtudes que donde mejor se aprenden es en la familia, el lugar donde se es querido por el mero hecho de ser.

Son los padres los primeros y principales educadores, por derecho natural. Nadie puede atribuirse ese derecho, más que subsidiariamente. No existe la educación neutral u objetiva, toda educación supone la transmisión de unos valores u otros, los padres son los portadores del derecho y el deber de educar a los hijos de acuerdo a sus creencias y valores. Ningún poder, ni político ni religioso puede asumir ese derecho. Cuando esto ha ocurrido ha habido un indiscutible conflicto social.

La familia tiene en la educación no sólo un evidente papel activo y directo, sino, además, un singular y exclusivo cometido de agente rector de todo el proceso formativo integral de los hijos. En sus manos está el futuro educativo de los miembros jóvenes de este pequeño estado que es una familia y, por tanto, también de toda nación.

Sólo con el protagonismo educador de la familia y sólo en su seno, es posible dar al ser humano la grandeza de ánimo que allí se transmite, ella es gestora y potenciadora del crecimiento de la persona.

La familia educa en múltiples facetas de la personalidad, a distintos niveles. Los más superficiales de estos niveles (educación intelectual, educación cívica, educación estética, etc.) son los que pueden confiarse a otras instituciones sociales, máxime a la escuela. Los más fundamentales, en cambio, es muy discutible que puedan transferirse.

Lo que de un modo indiscutible ha de dar la familia al niño es la relación afectiva. Cuanto más pequeño sea el niño más se cumple en él el fenómeno del llamado “troquelamiento”, en virtud del cual se inducen actitudes y habilidades necesarias (andar, hablar, respuesta afectiva -sonrisa-, reacciones adecuadas, etc., y buena parte de lo que hoy llamaríamos inteligencia emocional, aunque esto último es compartido con la escuela).

Niño fumador, ¿por qué?
Niño fumador, ¿por qué?

En general se ha afirmado que la familia para asegurar la socialización del individuo debe fijarse y promover estos contenidos:

– Desarrollo de la autoseguridad del niño.
– Formación de una conciencia moral.
– Desarrollo de aptitudes intelectuales.
– Comunicación de una motivación para el rendimiento.
– Desarrollo de la empatía (capacidad de tener en cuenta las necesidades de los demás) y la solidaridad.
– Desarrollo de la capacidad de solucionar y superar los conflictos.
– Desarrollo de la capacidad de amar.

Para conseguir todo esto, la familia debe contar con los rasgos siguientes:

– Una cantidad suficiente de comunicación.
– Un cierto consenso de los padres sobre las valoraciones fundamentales.
– Una notable duración y constancia de las relaciones sociales.
– Actitud afectiva, producción de un clima emocional cálido.

Hoy, cuyo tiempo se define como difícil para la educación familiar, lo que implica ser padres y madres tiene que ver con atender a los hijos en sus necesidades vitales, enseñarles a valerse por sí mismos, orientarles en la toma de decisiones, aconsejar y corregir cuando sea necesario, ser ejemplo para ellos, enseñarles a ser libres y responsables.

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