Comemos varias veces al día, pero ¿comprendemos realmente cómo utiliza nuestro organismo los alimentos? Muchos alumnos pueden identificar proteínas, grasas y carbohidratos en un libro de ciencias sin entender cómo una alimentación excesivamente rica en azúcares y harinas refinadas, combinada con sedentarismo y descanso insuficiente, puede perjudicar la salud metabólica.
Esta distancia entre conocimiento académico y vida cotidiana constituye una oportunidad educativa que no deberíamos desaprovechar.
¿Estamos consumiendo más carbohidratos de los que necesitamos?
Los carbohidratos no son un nutriente imprescindible en sentido estricto, ya que el organismo puede producir glucosa mediante otros mecanismos. Sin embargo, esto no significa que todos los alimentos que los contienen sean perjudiciales. La cuestión fundamental es comprender qué comemos, en qué cantidades y dentro de qué estilo de vida.
El consumo frecuente de bebidas azucaradas, dulces, productos elaborados con harinas refinadas y otros alimentos muy energéticos puede facilitar un exceso calórico y favorecer alteraciones metabólicas, especialmente cuando se combina con inactividad física. Una alimentación baja en carbohidratos puede ser una estrategia útil para determinadas personas, pero debe adaptarse a sus necesidades y no confundirse con la eliminación indiscriminada de frutas, verduras o alimentos nutritivos.
¿Qué sucede cuando se altera el metabolismo?
Durante la digestión, determinados carbohidratos se transforman en glucosa. El páncreas libera insulina para facilitar su utilización y almacenamiento. Este proceso es normal. El problema aparece cuando confluyen factores como exceso energético mantenido, acumulación de grasa visceral, predisposición genética, sedentarismo y sueño insuficiente.
Esta combinación puede favorecer resistencia a la insulina, diabetes tipo 2, hígado graso metabólico, dislipidemia, obesidad e hipertensión. También existen otras enfermedades, como la diabetes tipo 1, el hipotiroidismo, la gota o la osteomalacia, cuyos mecanismos son diferentes y no deben atribuirse simplemente al consumo de carbohidratos.
La magnitud de los problemas metabólicos actuales exige aprender a reconocer los factores de riesgo y comprender que la alimentación forma parte de un conjunto de hábitos que influyen en nuestra salud.
Una investigación que empieza en el supermercado
En Primaria, los estudiantes pueden identificar azúcares añadidos, comparar productos y descubrir la relación entre alimentación, movimiento y descanso. En Secundaria, pueden analizar etiquetas, estudiar datos epidemiológicos, investigar el metabolismo de la glucosa y debatir cómo la publicidad y la disponibilidad de alimentos condicionan nuestras elecciones.
Una actividad práctica consiste en comparar distintos desayunos atendiendo a su contenido en azúcares, proteínas, fibra y energía, valorando también su capacidad saciante y su calidad nutricional.
Educar para prevenir
El Real Decreto 157/2022, de Educación Primaria, y el Real Decreto 217/2022, de ESO, contemplan contenidos relacionados con la alimentación saludable, el cuidado corporal, la actividad física y la prevención de enfermedades. Existe, por tanto, una base curricular para trabajar estos conocimientos de manera interdisciplinar.
El objetivo no es imponer dietas ni generar miedo a determinados alimentos, sino enseñar a comprender el metabolismo, cuestionar hábitos perjudiciales y tomar decisiones informadas.
Aprender a alimentarse es aprender a cuidar el organismo. Si queremos una sociedad con mayor conciencia preventiva, debemos comenzar en la escuela, ayudando a las nuevas generaciones a construir hábitos saludables y sostenibles durante toda su vida.




