Cuándo enseñar a leer a los niños

“The human brain is unique in that it is the only container of which it can be said
that the more you put into it, the more it will hold”, Glenn Doman.

De una parte, se oye decir de algunos maestros en estos días –aunque no es una cosa nueva del todo– que no es conveniente enseñar a leer a los niños hasta los cinco o seis años. La otra parte mantiene la tesis contraria, a saber, que los niños pueden, y deben, empezar con la lectura, en sentido amplio, antes de los tres años.

Ocurre que este debate reposa siempre en bases y opiniones que cada uno entiende como bien fundadas. Yo, lógicamente, voy a expresar las mías. Y pasa también que este debate no solamente tiene lugar en el terreno de la escuela, sino también en las familias a las que se trata de convencer para una u otra causa. Pero es que el tema requiere tener una opinión lo más fundada posible. Este tema, como tantos otros, pasa de opinión de aula o de teorías de escuela a texto convertido en ley, lo cual hace pasar el dilema del ámbito educativo al legislativo, de las simples opiniones a verdaderos imperativos que hay que cumplir.

Soy de la opinión de aquellos que entienden que el saber no ocupa lugar y que todo aquello que pueda ser aprendido por niños desde edad temprana quedará como valor fundante para el futuro. Es más, el futuro se cimienta con estos momentos en donde una siembra inteligente permite la mejor cosecha personal y comunitaria posterior.

Estimo que las palabras de Glenn Doman, fundador de los Institutos para el Logro del Potencial Humano, son muy certeras: un niño puede leer palabras con un año, frases pequeñas con dos, libros adaptados a su edad con tres. De verdad, no le falta razón. Es curioso, además, anotar cómo cada diez, quince o veinte años esta conquista del pensamiento aparece unas veces aceptada, otras discutida. Hoy parece haber un renovado intento por volver a enseñar desde temprano, cuando hasta ahora se constataba una imposición de las tendencias que abogaban por una lecto-escritura tardía.

Aquellos que hasta ahora, apoyados por determinadas tradiciones pedagógicas que abogaban por una educación preescolar como espacio y tiempo imbuido en lo lúdico, apoyados también en reformas que entendían que esto era lo más conveniente para los niños por debajo de los seis años, aducían que si los niños aprendían a leer pronto se aburrirían en clase. Craso error, porque ¿qué clase de profesores tienen estos niños que permiten que sus alumnos se aburran?

Hoy, enseñar a leer y a escribir pronto, visto incluso como un juego didáctico, es una verdadera garantía. Alfabetizar no es tarea fácil ni es un tema sin importancia, cuando hablamos de la profundidad de esta herramienta al servicio del hombre. Educar tampoco es fácil, pero hemos de abandonar el prejuicio en un escenario en donde los hombres y mujeres pueden evitar ser manipulados por no entender la letra, por no comprender su espíritu, por no saber interpretar su profundidad. No podemos sumar a destiempo el lenguaje y su significado a la educación de la persona, ya que el mismo permite transformar al mundo y, también, mejorarlo.

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