El suicidio académico

Suicidio-académico

“Tengo ganas de abandonar la carrera”, me contó que se dijo así mismo este alumno después de hablar con uno de sus profesores. ¿Por qué? Me cuenta: “Me dijo que no valía para esta profesión, que no es lo mío, que no tengo ni idea, que no sirvo”.

Se trata de un caso real, ya me han contado en muchas ocasiones algo parecido, lo cual habla mal del profesor y de la institución de la que forma parte, que no es responsable directamente de su staff porque el sistema es una organización compleja y rara, pero sí indirectamente por vincular calidad a determinados objetivos incoherentes y excelencia a determinados criterios, y nada más, en donde la investigación (a veces una interpretación torticera de la misma) es la preponderante en el currículum de un profesor. Del resto “ni mú”. En definitiva, es como afirmar que los profesores son buenos porque publican mucho, cosa que es radicalmente falsa.

En relación al comentario, claramente no puede hablarse así a un alumno, ni hacerlo bajo el parámetro de inferioridad que podría suponer la relación profesor-alumno, cuando ésta se interpreta como tal. Esto supone admitir dos formas de victimización: primera, cuando al alumno lo hacemos víctima de instituciones que le está ayudando poco en su vida profesional; y segundo, cuando estas instituciones, además, machacan al alumno desde su incapacidad, insolvencia, pobreza intelectual y falta contra una mínima dignidad de trato.

¿Acaso pensamos que de esta forma serán mejores profesionales? ¿Creemos que vamos a purgar así el sistema? Muchos alumnos me han comentado, aquí y allí, que tras tener estos profesores sus únicos deseos son los de abandonar, renunciar, malgastar su tiempo en lo contrario a la cultura y el conocimiento.

Estos “pobres” alumnos (resultado del sistema) acaban con su deseo de aprender destruido. Y ya van demasiados.

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