Tu vida es finita, tiene un final

Cuando entiendes esto, en su profundidad, cambia la percepción de muchas cosas.

Que la vida es finita es un hecho, que lo entendamos como tal y actuemos en consecuencia es ya otra cosa. Más allá de la cultura de cada cual, país o tiempo histórico, ser conscientes de que nuestra vida tiene un final, en un momento, por otro lado, indeterminado, debería convertirse en algo prioritario.

Tal vez el caso del emprendedor es el menos necesario de comentar de todos. Conocemos muchos casos en los que los emprendedores se desviven por poner en marcha sus ideas, trabajan incansablemente día y noche, comen y duermen en ocasiones en sus escritores, es decir, viven el frenesí de su proyecto con energía desmedida que brota de su interior.

Estos emprendedores no se han vuelto locos, mente y cuerpo les piden actuar de esta forma, con una ilusión por sus proyectos que es algo sobresaliente en la raza humana. Es absolutamente loable. Transmiten energía, contagian e inspiran de forma absolutamente natural. En el lado opuesto está la flema, que algunos confunden con quietud; la flema de aquellos que no hacen nada y la vida pasa sin más…

Pero, siendo algo tan humano, ¿por qué esta visión y energía no abunda más? ¿Por qué unos son así y otros no? ¿Cómo lograr que más gente con inquietudes y energía emprendedora brote de forma natural por todos lados?

¿Sabes lo que es un bosque lluvioso? Básicamente aquél que una vez dentro aunque no lo quieras te moja, la humedad reinante te cala y te empapa. Esta es la metáfora que Victor Hwang utiliza para definir y caracterizar un ecosistema. ¡La respuesta está ahí! Un ecosistema como conjunto de elementos y sus relaciones que forman parte de un determinado entorno.

Pero parece que nuestros ecosistemas humanos (familias, escuelas, instituciones, empresas…) presentan importantes carencias en cuanto a lo que se refiere a inspirar, movilizar y transmitir energía. Es lo mismo que decir que presentan importantes carencias para “empapar” a la persona que emprende.

Al final, si no se transmite e inspira energía, creatividad, innovación, carisma, etc., en la escuela y en la familia, en las instituciones y en las empresas, fundamentalmente porque no se sabe cómo hacerlo o porque no les sale hacerlo, otros inspirarán otro tipo de actitudes.

Todo tiene un final, por eso despertarse cada mañana con ganas de comerse el mundo es algo grande y, al mismo tiempo, la consecuencia de un ambiente que contagió ideas profundas sobre la vida y para la vida.

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