Es esencial pensar y educar en la vocación

Me encanta como define Zubiri la vocación: aquello «que yo soy en el fondo».

Hay gente que dice no tener fondo. Bueno, lo dicen de otra forma. También hay gente que parece vivir sin fondo, de una manera muy superficial, epidérmica. Esto es un problema. En ese sustrato de incomunicación, entre todo lo que afecta a la persona, se producen frecuentes desórdenes, todos aquellos que nos llevan a querer recuperarnos en la edad adulta si, con suerte, llegamos a ser conscientes de que tenemos un problema.

Esto arranca hoy, con frecuencia, en la niñez. Esa que pasa volando porque casi ni existe. Me remito para decir esto a la gran obra de Neil Postman, que leí con mucho gusto en los años 90: La desaparición de la niñez. Con la aparición de la imprenta comenzó a desaparecer la niñez (interesante argumento con muchos detalles en el libro). Este asunto que ha terminado de establecerse en nuestras sociedades gracias al hundimiento de la paternidad-maternidad, es decir, ejercer como padres y madres va camino de desaparecer, como afirma el juez Calatayud, por voluntad política fundamentalmente:

«Los padres no tienen autoridad, se ha banalizado todo y no existe voluntad política de fomentar el esfuerzo, aquí se nos está igualando por la ley del mínimo esfuerzo y no, nos hemos equivocado a nivel político».

 

Volvamos a la vocación, tema importante

La vocación es la unidad de un sentido que lo anima todo (Scheler) y supone una unicidad en el decurso vital, es decir, la unificación de lo que va tejiendo la biografía, de lo que uno hace de sí a lo largo de toda su vida. Tal vez por eso es tan complicado definirla y, también, ejercerla.

La vocación expresa el lugar que pertenece a este sujeto en el plan de salvación del mundo, y expresa también su especial faena, su «oficio» en el viejo sentido etimológico de la palabra. Si lo entendemos como búsqueda, tengo que decirte que la vocación es el intento de logro de aquello que anima desde el fondo.

La vocación implica dos momentos:

Primero, la vocación es fruto de una elección libre.

Segundo, la vocación brota en la persona pero está ya determinada por el destino.

Pero hay gente que encuentra problema con esto. ¡El destino! ¿Cuál es mi destino?

Si la persona es un ser de destino, en la vocación hay una llamada en función de lo que somos, y respuesta del modo concreto en que se quiere realizar eso que estamos llamados a ser y ya somos en el fondo.

Pero en esa biografía que se va tejiendo en la misma vida, la de cada uno, los actos de la persona que la van comprometiendo toda entera tienen como misión la de hacer encontrar a la persona con su vocación. Son los actos los que comprometen a la persona, es en tales actos y mediante ellos como la persona surge y se hace. Por eso es tan importante lo que se va haciendo. Por eso es tan importante llenar de determinado tipo de actos a la persona.

 

La enorme tarea de la persona

La enorme tarea que la persona tiene por delante es la de decidir quién quiero yo ser, sin encarnar las imágenes estereotipadas que otros me asignan. En un tiempo donde por saturación informativa tantos lobbies nos quieren llevar a ser lo que ellos quieren que seamos, esto es especialmente importante. Se trata de un desafío a todo concepto de la vida que ahogue la crítica o que elimine la capacidad creadora de la persona.

Es así que cuando se propone la persona ser, supone como totalidad una presencia actuante, una inversión de energías en los caminos elegidos que ya no tienen retorno. Y esto es poderoso en tu vida.

Este es un principio creador que solo la persona puede manifestar a través de las dimensiones de la acción. Y esto se identifica con la vocación, más allá de quienes permanecen vivos sin mirar el contenido de la vida, ¡tanta gente hoy!

Volver a la vocación es apartarse de vaciar el contenido de la vida. O dicho de otra forma, tener una existencia que acompaña a la persona y la hace vivir: arremeter, volver a poner en cuestión, crear.

 

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