Constructivismo educativo

La regulación de la educación, desde que se convirtió en una acción reflexiva y sistemática, no se limita a normativizar la organización institucional, determinar los ciclos o niveles del sistema, asignar los recursos, proponer los métodos o fijar los estándares de rendimiento. A partir de su control por parte del Estado, las leyes educativas pretenden prefigurar un determinado modelo de sociedad. Una ley educativa se convierte de este modo en un verdadero tratado de filosofía de la educación, al apoyar la práctica escolar en unos principios que justifican ética e intelectualmente tanto los fines de la educación como los procedimientos metodológicos para su logro.

Los modelos didácticos renovadores que irrumpieron en muchos países desde los años noventa, y que penetraron en los sistemas educativos a través de las reformas llevadas a cabo, concibieron la enseñanza-aprendizaje como la construcción de estructuras más que como asociación de estímulos y respuestas. El constructivismo piagetiano se produce como consecuencia de la maduración de los esquemas de asimilación, que aplica espontáneamente sobre los datos del medio.

En este sentido, el profesor, que es como un espectador interviniente en el proceso madurativo del niño, se sitúa en la perspectiva de que guiar a este último en la construcción de las estructuras de su actuar, su pensar y sus vivencias, significa contar con su colaboración activa en el proceso y, más aún, saber que una orientación supone siempre la predisposición espontánea a la actividad en el niño que es dirigido.

Así pues, puede considerarse al constructivismo como un enfoque psicopedagógico cuya idea principal es que el sujeto “construye” el conocimiento mediante la interacción que sostiene con el medio social y físico. Este enfoque pone énfasis en la actividad del educando en el proceso educativo, en contraste con una concepción nuevamente receptora del mismo.

 

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